Hay un momento —generalmente entre la tercera taza de café y la notificación número treinta— en que el futuro deja de ser una idea abstracta y se vuelve un olor. Ozono. Pantalla caliente. Café frío.
Trabajo frente a una computadora desde hace años, pero no siempre me di cuenta de que ahí, en ese rectángulo de luz, se estaba construyendo algo más grande que correos, estrategias o entregables. Se estaba construyendo una forma de estar en el mundo.
El futuro no llegó con autos voladores. Llegó con jornadas largas, con pestañas abiertas, con mensajes que dicen “¿tienes un minuto?” a las 10:47 p.m. Llegó silencioso, eficiente y cansado.
La tecnología no nos volvió fríos, nos volvió visibles
Durante mucho tiempo se dijo que la tecnología nos alejaría de lo humano.
Yo pienso lo contrario.
Nunca habíamos estado tan expuestos: a nuestras ideas, a nuestros errores, a nuestras dudas. Cada mail enviado es una versión nuestra. Cada documento compartido, una forma de decir “esto es lo mejor que pude hacer hoy”.
La pantalla no elimina la humanidad; la amplifica.
Sólo que ahora se manifiesta en silencios digitales, en mensajes no contestados, en cámaras apagadas porque no siempre tenemos cara para el mundo.
Jornadas largas, cuerpos cansados, mentes encendidas
Hay días en los que el cuerpo está aquí, pero la mente sigue trabajando incluso cuando cerramos la laptop.
Pensamos en pendientes mientras lavamos los platos.
Se nos ocurren ideas en la regadera.
Reescribimos conversaciones que nunca envíamos.
La productividad se volvió una constante, pero el descanso sigue siendo un lujo mal entendido. Nos enseñaron a optimizar procesos, pero no a pausar sin culpa.
Y aún así, seguimos. Porque crear —aunque canse— también sostiene.
Detrás de cada pantalla hay alguien intentando hacerlo bien
Detrás de cada presentación hay alguien que dudó.
Al reverso de cada campaña hay alguien que tuvo miedo de no estar a la altura.
Y detrás de cada estrategia hay una persona tratando de encontrar sentido entre métricas, tiempos y expectativas.
Eso casi nunca se ve.
Pero se siente.
Se siente cuando alguien responde con empatía.
Cuando entiende que no todo es urgente.
Cuando recuerda que no somos máquinas que piensan, sino personas que sienten…
y luego piensan.
El futuro también necesita ternura
Hablamos de inteligencia artificial, automatización, velocidad.
Pero poco hablamos de cuidado.
¿Quién cuida a quienes sostienen el sistema?
¿Y quién nos recordará que detrás del algoritmo hay criterio humano?
¿Cómo haremos para que el descanso no suene a “debilidad”?
Tal vez el verdadero avance no esté en hacer más rápido lo que ya hacemos, sino en hacerlo sin perder lo que somos.
Ozono y café frío
El futuro huele a ozono porque todo está cargado de energía.
Y también a café frío porque a veces se nos olvida beberlo a tiempo.
Pero también huele a intento.
A personas que siguen creando, pensando, soñando… incluso cuando están cansadas.
Y mientras exista alguien del otro lado de la pantalla preguntándose si lo que hace tiene sentido, el futuro seguirá siendo profundamente humano.
Escrito por: Yamile Sandoval